Una brillante y casi orejera sonrisa recorría mi cara cuando tras un mal tropiezo mi madre sacaba la mercromina que lo curaba todo y me sanaba, con leves golpecitos en la rodilla dolorida mientras una mezcla de palabras se mezclaban en mi cabeza dejando un mensaje claro; cada vez que te caigas, te puedes curar, pero procura no caerte mucho o no tendrás rodilla que curar. La paz y el equilibrio vinieron a mí cuando tras conocer que uno de mis negocios no funcionaba bien y tenía que cerrarlo, una serie de amigos del sector me abrieron sus puertas ofreciéndome no solo buenas palabras, sino el mejor de halagos; una gran oportunidad de volver a la batalla. La ilusión y la esperanza me inundaron cuando tras quedar casi incapacitado por un accidente, unos amigos valencianos, Javi y Alex, estuvieron a mi lado y a modo de balsámicas risas me animaron para dejar los lamentos y seguir adelante.

Gané al magullarme la rodilla. Gané con la quiebra de aquel negocio. Gané al destrozarme la espalda y las muñecas.

Esa brillante sonrisa, esa paz, el equilibrio necesario, la ilusión y toda esa esperanza que en otras ocasiones han aparecido en mi vida son la consecuencias de la gran victoria de la vida:

Si cuidas y amas a quienes tienes cerca, la vida siempre te ofrecerá una red sobre la que caer

Somos funambulistas vitales que descalzos, sobre el alambre, recorremos con nuestras decisiones las diferentes circunstancias que nos lanza la vida y que con mayor o menos acierto superamos poniendo un pie sobre otro. Intentando mantener el equilibrio. Funambulistas que contamos con las destrezas y habilidades para resistir el vértigo, el aire, los movimientos del cable y la estructura o los pensamientos negativos que nos pueden hacer caer. Pero a su vez, buscadores de equilibrio que tenemos una garantía; siempre hay un soporte de seguridad.

Una red de personas que nos acogerán y nos resguardarán si caemos. Un soporte de aliento y oportunidades que nos proyectará de nuevo al cable si en algún momento perdemos el equilibrio. Un apoyo de seguridad que cuidará de nuestra torpeza o riesgo propiciando que aunque al golpearnos nos ellas, haya salido dañado nuestro ego y nuestra confianza, podamos volver con coraje y pasión a elevarnos a la vida.

Pero ese soporte de seguridad no se construye solo y si no la cuidas tendrá tantos agujeros que será mejor que nunca tengas que ponerla a prueba.

Tu red estará forjada con los brazos de aquellas personas a las que has cuidado, mimado y otorgado lo mismo que en ese momento tú necesitas. Una sonrisa que te arrope, una paz que te tranquilice, una ilusión inspiradora y una oportunidad que les motive. A mayor y más sincero ofrecimiento, más segura y con más brazos tu red estará construida. A mayor número de personas beneficiadas por tu luz, más resistente, duradera y por supuesto mullida será tu manto de seguridad.

Evidentemente cada persona es consciente de su red y con esa visión nos atrevemos a subir el cable a una altura u otra. Quienes más seguros están, se atreven con retos mayores. Quienes creen que en su red hay demasiados agujeros por cubrir, apenas recorren su cable de la vida a unos centímetros del suelo. Pero no es hasta que pierdes el equilibrio, cuando tu cuerpo está cayendo inerte hacia ella y notas que todo tu ser es acogido por su entramado vital, no eres consciente de la resistencia y consolidación de la red forjada. En ese momento es cuando sabes si en esta vida estás ganando o no.

Porque es en esas veces cuando nos enfrentamos realmente a nuestro legado. A la victoria última. Andar por un cable nos obliga a elegir cada postura, cada decisión, cada movimiento. Andar por un cable conlleva necesariamente que en ocasiones no consigamos lo que queramos y caigamos. Nadie nos enseña a caer. Ni la escuela, ni la universidad, ni nuestros padres, ni esos ensalzados gurús. Solo tienes la certeza de que tarde o temprano caerás. Y seguramente lo harás en muchas ocasiones. Esa caída te enseñará a colocar los pies en el cable, a moldear tu cuerpo para asumir las resistencias del aire, a mantener el equilibrio. Pero sobre todo, esa caída te enseñará cuan sólida es tu red.

Porque sin quererlo, a veces se gana. Incluso habiendo perdido.

Ganas al saber que tu manto de seguridad está consolidado por los brazos y las sonrisas de quienes has cuidado y amado. Ganas al conocer tu huella en el mundo mientras otras personas pasan de puntillas. Ganas al reconocerte salvado de un golpe mayor por la paz, el equilibrio, las oportunidades y las palabras de aliento de quienes tú previamente has cuidado y alimentado con tu amor. Porque todos somos funambulistas y red de seguridad de alguien a la vez. Porque todos intentamos mantener nuestro equilibrio mientras sostenemos a otras personas. Has ganado si tras caer, sabes que tu red no solo te protege del golpe sino que te impulsa súbitamente hacia arriba para situarte de nuevo encima de tu cable.

Estos días y tras un duro revés profesional, mi manto de seguridad han sido las decenas de personas que habéis leído, compartido y escrito comentarios de ánimo y reconocimiento de mi post anterior. Mi red de seguridad han sido los mensajes que amigos cercanos y lejanos que me han dado ese aliento, esa sonrisa, ese equilibrio y esa paz. Y sobre todo, mi apoyo de seguridad ha sido mi pareja Irene y mis hermanos, Iván y Borja, que como siempre y de forma impagable me han cubierto de mimos, caricias, buenas palabras y una ilusión; volverme a subir al cable.

De nuevo he ganado sintiendo el olor de la mercromina sobre mi rodilla mientras agarraba de nuevo mi monopatín.

De nuevo he ganado notando como tras ese error comercial al poco abría la consultora de actitud positiva e influencia social sobre la que hoy se consolida mi estabilidad laboral y económica.

De nuevo he ganado sintiendo mis pies descalzos sobre el suelo al ponerme de pie por primera vez tras la segunda operación de espalda.

He ganado porque has estado ahí. He sentido tu sonrisa, tu aliento, tu buenas palabras, tu ilsuión, tu esperanza y tu paz. Darte las gracias no es suficiente. Por eso me remango los brazos y formo parte de tu red, por si algún día caes, por si algún día necesitas saber si tú también has ganado. Porque a veces se gana, aun sin saberlo previamente y espero que como yo, subas tu cable hasta lo más alto, notando el frío que existe cuando el riesgo es mayor, ya que eso significará que eres consciente y sabedor de que tu red, como la mía, será capaz de protegerte y lanzarte de nuevo hacia tu cable.

A veces se gana sí, pero se hace en lo más importante; La red que construyes y no lo alto que subas el cable.

Yo ya estoy de nuevo sobre el cable, alto, muy alto. Sintiendo el frío en la cara y el calor en los pies. Pero sobre todo sabiendo que la próxima vez que caiga, que aunque espero que tarde, seguro que sucederá, espero haber seguido reforzando esa magnífica red de seguridad.Una brillante y casi orejera sonrisa recorría mi cara cuando tras un mal tropiezo mi madre sacaba la mercromina que lo curaba todo y me sanaba, con leves golpecitos en la rodilla dolorida mientras una mezcla de palabras se mezclaban en mi cabeza dejando un mensaje claro; cada vez que te caigas, te puedes curar, pero procura no caerte mucho o no tendrás rodilla que curar. La paz y el equilibrio vinieron a mí cuando tras conocer que uno de mis negocios no funcionaba bien y tenía que cerrarlo, una serie de amigos del sector me abrieron sus puertas ofreciéndome no solo buenas palabras, sino el mejor de halagos; una gran oportunidad de volver a la batalla. La ilusión y la esperanza me inundaron cuando tras quedar casi incapacitado por un accidente, unos amigos valencianos, Javi y Alex, estuvieron a mi lado y a modo de balsámicas risas me animaron para dejar los lamentos y seguir adelante.

Gané al magullarme la rodilla. Gané con la quiebra de aquel negocio. Gané al destrozarme la espalda y las muñecas.

Esa brillante sonrisa, esa paz, el equilibrio necesario, la ilusión y toda esa esperanza que en otras ocasiones han aparecido en mi vida son la consecuencias de la gran victoria de la vida:

Si cuidas y amas a quienes tienes cerca, la vida siempre te ofrecerá una red sobre la que caer

Somos funambulistas vitales que descalzos, sobre el alambre, recorremos con nuestras decisiones las diferentes circunstancias que nos lanza la vida y que con mayor o menos acierto superamos poniendo un pie sobre otro. Intentando mantener el equilibrio. Funambulistas que contamos con las destrezas y habilidades para resistir el vértigo, el aire, los movimientos del cable y la estructura o los pensamientos negativos que nos pueden hacer caer. Pero a su vez, buscadores de equilibrio que tenemos una garantía; siempre hay un soporte de seguridad.

Una red de personas que nos acogerán y nos resguardarán si caemos. Un soporte de aliento y oportunidades que nos proyectará de nuevo al cable si en algún momento perdemos el equilibrio. Un apoyo de seguridad que cuidará de nuestra torpeza o riesgo propiciando que aunque al golpearnos nos ellas, haya salido dañado nuestro ego y nuestra confianza, podamos volver con coraje y pasión a elevarnos a la vida.

Pero ese soporte de seguridad no se construye solo y si no la cuidas tendrá tantos agujeros que será mejor que nunca tengas que ponerla a prueba.

Tu red estará forjada con los brazos de aquellas personas a las que has cuidado, mimado y otorgado lo mismo que en ese momento tú necesitas. Una sonrisa que te arrope, una paz que te tranquilice, una ilusión inspiradora y una oportunidad que les motive. A mayor y más sincero ofrecimiento, más segura y con más brazos tu red estará construida. A mayor número de personas beneficiadas por tu luz, más resistente, duradera y por supuesto mullida será tu manto de seguridad.

Evidentemente cada persona es consciente de su red y con esa visión nos atrevemos a subir el cable a una altura u otra. Quienes más seguros están, se atreven con retos mayores. Quienes creen que en su red hay demasiados agujeros por cubrir, apenas recorren su cable de la vida a unos centímetros del suelo. Pero no es hasta que pierdes el equilibrio, cuando tu cuerpo está cayendo inerte hacia ella y notas que todo tu ser es acogido por su entramado vital, no eres consciente de la resistencia y consolidación de la red forjada. En ese momento es cuando sabes si en esta vida estás ganando o no.

Porque es en esas veces cuando nos enfrentamos realmente a nuestro legado. A la victoria última. Andar por un cable nos obliga a elegir cada postura, cada decisión, cada movimiento. Andar por un cable conlleva necesariamente que en ocasiones no consigamos lo que queramos y caigamos. Nadie nos enseña a caer. Ni la escuela, ni la universidad, ni nuestros padres, ni esos ensalzados gurús. Solo tienes la certeza de que tarde o temprano caerás. Y seguramente lo harás en muchas ocasiones. Esa caída te enseñará a colocar los pies en el cable, a moldear tu cuerpo para asumir las resistencias del aire, a mantener el equilibrio. Pero sobre todo, esa caída te enseñará cuan sólida es tu red.

Porque sin quererlo, a veces se gana. Incluso habiendo perdido.

Ganas al saber que tu manto de seguridad está consolidado por los brazos y las sonrisas de quienes has cuidado y amado. Ganas al conocer tu huella en el mundo mientras otras personas pasan de puntillas. Ganas al reconocerte salvado de un golpe mayor por la paz, el equilibrio, las oportunidades y las palabras de aliento de quienes tú previamente has cuidado y alimentado con tu amor. Porque todos somos funambulistas y red de seguridad de alguien a la vez. Porque todos intentamos mantener nuestro equilibrio mientras sostenemos a otras personas. Has ganado si tras caer, sabes que tu red no solo te protege del golpe sino que te impulsa súbitamente hacia arriba para situarte de nuevo encima de tu cable.

Estos días y tras un duro revés profesional, mi manto de seguridad han sido las decenas de personas que habéis leído, compartido y escrito comentarios de ánimo y reconocimiento de mi post anterior. Mi red de seguridad han sido los mensajes que amigos cercanos y lejanos que me han dado ese aliento, esa sonrisa, ese equilibrio y esa paz. Y sobre todo, mi apoyo de seguridad ha sido mi pareja Irene y mis hermanos, Iván y Borja, que como siempre y de forma impagable me han cubierto de mimos, caricias, buenas palabras y una ilusión; volverme a subir al cable.

De nuevo he ganado sintiendo el olor de la mercromina sobre mi rodilla mientras agarraba de nuevo mi monopatín.

De nuevo he ganado notando como tras ese error comercial al poco abría la consultora de actitud positiva e influencia social sobre la que hoy se consolida mi estabilidad laboral y económica.

De nuevo he ganado sintiendo mis pies descalzos sobre el suelo al ponerme de pie por primera vez tras la segunda operación de espalda.

He ganado porque has estado ahí. He sentido tu sonrisa, tu aliento, tu buenas palabras, tu ilsuión, tu esperanza y tu paz. Darte las gracias no es suficiente. Por eso me remango los brazos y formo parte de tu red, por si algún día caes, por si algún día necesitas saber si tú también has ganado. Porque a veces se gana, aun sin saberlo previamente y espero que como yo, subas tu cable hasta lo más alto, notando el frío que existe cuando el riesgo es mayor, ya que eso significará que eres consciente y sabedor de que tu red, como la mía, será capaz de protegerte y lanzarte de nuevo hacia tu cable.

A veces se gana sí, pero se hace en lo más importante; La red que construyes y no lo alto que subas el cable.

Yo ya estoy de nuevo sobre el cable, alto, muy alto. Sintiendo el frío en la cara y el calor en los pies. Pero sobre todo sabiendo que la próxima vez que caiga, que aunque espero que tarde, seguro que sucederá, espero haber seguido reforzando esa magnífica red de seguridad.