Ni te quiero, ni te necesito... ¡te elijo!

  • Ni te quiero, ni te necesito... ¡te elijo!

Las personas deben elegir su estado, no la sociedad, las creencias, las costumbres o los miedos. Deben elegir qué quieren y cómo lo quieren y teniendo en cuenta que si el ser humano es de por sí complicado, encontrar a dos que estén de acuerdo en esos planteamientos y deseen crear una pareja radiante es algo cada vez más improbable. Al conformarnos con otro tipo de relación, en vez de aprender a vivir con uno mismo y elegir a quien realmente nos va a dar luz, en el fondo estamos actuando como cuando vamos a un bar a tomar algo, pedimos una Coca-Cola y el camarero nos dice que «sólo tiene Pepsi». Si la aceptas, te conformas. Puede incluso que te refresque, pero no es lo que tú estabas buscando y tu mente pedía, por lo que no hay asociación con la recompensa y la felicidad.

Eso sí, no te confundas con el título, a tu pareja hay que decirle muchas veces «te quiero». E incluso para fortalecer la unión están permitidos los «te necesito». Pero lamentablemente ese misticismo amoroso te llevará por mal camino si no eres tú quien en plenas condiciones mentales eres capaz de decir «te elijo». En libertad, teniendo claro lo que buscas, necesitas y eres capaz de ofrecer, de entre todas las personas, eliges ser feliz a su lado. Si no eres capaz de decir eso quizá tengas una buena relación durante un tiempo, pero nunca permanecerás brillando con esa persona durante largas temporadas, ya que la elección no sólo se efectúa al comienzo de la relación, sino que debe renovarse durante toda la vida de la misma.

Pero profundicemos un poco más y acabemos con otro de los mitos de las relaciones. Durante años has escuchado una y otra vez aquello de que las relaciones se basan en la confianza. Si eso fuese cierto, sólo con fortalecer la confianza tendrías una relación duradera. Escucha activamente, implícate con la otra persona, defiende, actúa, establece lazos emocionales, exponte… ¿Quieres que tu relación dure más? Entonces lee la cantidad de libros, blogs y listas que existen por internet sobre cómo ganar confianza y listo… Claro que, si eso fuese así de sencillo, todo el mundo lo conseguiría. ¿Existe algo que falla en esta creencia? Pues sencillamente que obviamos que la verdadera elección se debería realizar bajo cuatro premisas:

1. Beneficio

La premisa anterior parte de que durabilidad y confianza son factores igualitarios y proporcionales, de tal manera que el aumento exponencial de uno, hace crecer al otro. Una fórmula muy sencilla, potente y sin duda, bonita… ¡¡¡Pero falsa!!! Si las relaciones se basasen en la confianza, no existirían los celos, ya que si hay celos, hay desconfianza y si existe falta de confianza, no debería perdurar la relación. Si las relaciones se basan en la confianza, creerías completamente en tu pareja y no dudarías en sus actos o intenciones, ya que si hubiese desconfianza, la relación no perduraría… En definitiva, la confianza no es la base de las relaciones. Si fomentas la confianza, ganarás en calidad, no en durabilidad.

Existe una creencia superior a todo lo anterior, que, por su aparente frialdad o egoísmo, ha sido ocultada de las conversaciones sociales y de las creencias populares. Una creencia sencilla, delicada y sublime que explica por qué, aun no existiendo confianza plena, las relaciones se mantienen. Y ojo, no es una cuestión de la calidad de la misma, sino del tiempo de permanencia y de la elección que tomamos. Pueden existir celos, inseguridades, desconfianzas y que las relaciones perduren. Es algo tan sencillo como evidente. Las relaciones se basan en el beneficio propio. Mientras cumpla una utilidad, esa persona estará en tu vida. Mientras tú cumplas una utilidad o le aportes un beneficio, esa persona contará contigo en su vida. Equilibrio, diversión, estabilidad, conversación, desahogo, amor, sexo… Y, por qué no, fama, dinero, contactos, ayuda… Un beneficio regirá la relación. ¿Sabrías cuál es el tuyo? La durabilidad de toda relación se centra en el principio de utilidad. Es decir, que mientras exista una carencia o necesidad creada en tu mente, la relación permanecerá, porque tu elección será querer cubrirla o satisfacerla.

2. Sintonía

Me gusta pensar en la gente como emisores de ondas que vibran en la frecuencia que cada persona elige. Dicha vibración se complementa o choca con la de quienes nos rodean, generando música en el primero de los casos, o ruido en el segundo. Eso explica cómo personas que sobre el papel son plenamente compatibles en gustos, afinidades e incluso atracción física, no prosperan en la elección de crear una pareja radiante. ¿Qué ha pasado? Sencillamente que no estaban vibrando en la misma frecuencia, a la vez.

Acertar en el tiempo concreto es algo que no sólo depende de nosotros, y requiere de mucha comunicación sincera con la otra persona. Además, esa alteración en los ritmos no sólo la encontramos en el momento de elegir por primera vez, sino que permanece durante toda la relación. Por ejemplo, personas que se complementan pero una de las dos acaba de terminar una relación y no quiere comprometerse. O personas que estando juntas barajan la opción de ser padres, pero no sienten la misma llamada de la naturaleza. O incluso personas que creen que ha llegado el momento de dar un paso en la relación por el amor que se tienen y demuestran, y se encuentran con una reacción adversa sin motivo aparente. Sintonía, vibración y tiempos.

Cuando tomas la elección, la segunda variable es la sintonía. Obviarla es sinónimo de fracaso. Si bien es cierto que, de algún modo, la vibración se modifica por el deseo interno de cada uno, no podemos obligar o coaccionar a alguien para que vibre a nuestro ritmo. De la misma manera que sólo podemos querer (que nos quieran depende de la otra persona), sólo podemos ofrecer motivos para que la otra persona cambie su vibración.

3. Destino

¿Cuánto puede durar a tu lado alguien que no comparte tu misma dirección? Pues eso, un rato. Si lo que buscas es una pareja radiante efímera, obvia este paso. Es tu decisión y no por ello es mala, ya que como he dicho, todo es cuestión de actitud y de que esa decisión sea compartida. Si eres de las personas que dicen «estaremos juntos mientras nos hagamos felices» y a las primeras de cambio decides abandonar ese compromiso sin esforzarte por mejorarlo todo, evidentemente esta premisa no es decisoria en tu elección. Y repito, no pasa absolutamente nada, porque las parejas deben ser acuerdos entre dos personas libres e iguales.

Ahora bien, si quieres que tu pareja radiante sea una compañía vital, que estabilice tu vida y que te aporte todas las ventajas para tu salud que veíamos anteriormente, tu elección estará muy influenciada por la visión del destino. Compartir un mismo destino a priori —con la lógica flexibilidad en los objetivos a largo plazo— es un elemento básico.

Imagina una pareja que se ama, en la que uno de los miembros tiene que cambiar de ciudad y el otro no se plantea viajar nunca. Pondrán un parche, seguro, pero la situación acabará saltando por los aires. Es como acelerar un coche por una carretera y forzar el motor al máximo sabiendo que unos kilómetros más adelante hay un muro de acero. O saltas del coche (con las magulladuras oportunas), o frenas y detienes por completo el coche (sabiendo que nunca va a poder avanzar por el daño en el motor) o decides dar un volantazo y salirte de la carretera para esquivar el obstáculo (momento en el que estarían tomando un nuevo destino común).

El destino, como tercer elemento de decisión, es reconocerse en un futuro aceptando que la felicidad será compartida, mutua y repleta de autorrealización por ambas partes. Ésa es la variable que otorgará la elección de la pareja como compañía para la vida, creando en el hoy el futuro que ambos desean compartir.

4. Química

Y por supuesto, es fundamental la candela, el fuego, la base de la pasión, la atracción constante y el deseo. La química no es lo que vemos ante la apariencia física, sino lo que sentimos ante el contacto con esa otra persona. Gente a la que no podemos dejar de mirar, de quien esperamos siempre una sonrisa. Personas que con sólo una caricia o roce inocente nos estremecen, nos erizan el pelo y nos generan fantasías, estimulando positivamente nuestros sentidos. Eso es química y eso no debe ser ignorado jamás.

Se trata de descargas eléctricas generadas por las neuronas, hormonas y otras sustancias que inundan nuestro cuerpo y deciden alborotarse. Innumerables estudios recientes describen ese cóctel de hormonas. La oxitocina, que se produce cuando existe un amor pasional, se relaciona con la vida sexual; la dopamina, que es la droga del amor y la ternura; la finilananina, que genera entusiasmo y amor por la vida; la endorfina, que es un transmisor de energía y equilibra las emociones, el sentimiento de plenitud y el de depresión; la epinefrina, que es un estímulo para el desafío de la realización de metas… Estas drogas nos hacen sentir que podemos con todo y que la vida es maravillosa y nunca deberíamos elegir a alguien que no nos provoque este combinado tan energético.

No obstante, la química no aparece con el tiempo, no es algo en lo que se pueda trabajar y, por supuesto, no es racional. Por eso, el cuarto elemento decisorio ante la elección de nuestra pareja es el que más problemas nos genera, ya que en ocasiones, intentamos convencer a las otras tres partes sólo porque en esta cuarta nuestros sensores están totalmente alterados. Por lo tanto, ésta debe ser la última de las cuatro fases para nuestra elección.

Es decir, en ocasiones intentamos darle la vuelta al proceso de elección y valorar más la química que el beneficio, la sintonía o el destino. ¿O acaso no has vivido o conocido parejas atrapadas en la atracción y que no tienen nada en común?¿O incluso que se hacen daño? Sin embargo, ¡qué difícil es tener la mente fría y saber elegir! Así que no te dejes engañar con palabrería fácil. Nadie está con nadie porque quiera o necesite, ésos son algunos extras añadidos. Las parejas radiantes saben que todo se basa en la elección y se esfuerzan durante toda su vida en común en que, como personas libres y completas, y no medias naranjas mutiladas, la elección siga prevaleciendo. Recuerda que lo más bonito que se puede decir en la vida es; «desde mi libertad, te elijo».

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