• La marca acomplejada

Sabino, un gran amigo Italiano me explicaba que el gran artista renacentista Michelangelo no podía con el éxito de su compatriota Da Vinci y con la aparente facilidad con la que éste ejecutaba sus obras. Por ello, cuando recibió el encargo del cardenal de san Dionisio Jean Bilhères de Lagraulas por 450 ducados de oro en 1498, decidió hacer una obra por la que ser recordado; La Piedad. Una escultura majestuosa que sería un referente artístico y que aun hoy en mi humilde opinión, es una obra perfecta a la que nadie podría añadir mejora alguna. La gran sutileza con la que los músculos están esculpidos, la perfección ergonómica, el foco representado en la reflexión, la sincronía, equilibrio y armonía de la obra son sencillamente inmejorables. Famoso es respecto a esta obra, como el encargo tenía una fecha tope de un año y Miguel Angel pasó meses sentado frente al bloque de mármol, poniendo nervioso a pagadores y aprendices del taller y él se limitaba a decir "estoy trabajando". Conocido es que entregó la obra dos días antes del plazo aunque el contratista hubiese muerto. Sin embargo hay un matiz de la obra que lo cambió todo.

La piedad, por su perfección y dominio técnico sufrió desde el primer momento la sombra de la duda sobre su autoría, Miguel Ángel que sólo tenía 24 años en ese momento, fue incluso reprendido públicamente y llamado a capitulación para desvelar el nombre del verdadero autor, a lo que el temperamental joven, en un ataque de furia, agarró un cincel y subiéndose a la escultura grabó en la banda de la virgen "Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo". Lo que no sabía Miguel Ángel es que esa acción lo cambiaba todo. Ya no eran artesanos que trabajaban con sus manos y corazón, sino artistas que daban valor a las obras que llevasen su firma.

Por primera vez el valor del producto final cambiaba de dueño: Ya no era de quien lo pagaba sino de quien poseía lo firmado.

Mucho se habla hoy de marca personal o de la marca España, pero debemos ser capaces de abstraernos de nuestro ombliguismo para entender el concepto de valor del producto final ya que la marca, tanto en un caso como en el otro, sólo tiene sentido si después de que tu nombre te abra las puertas, tu producto es algo de lo que sentirse orgulloso. Algo que quieres que lleve tu firma. Algo como La piedad de Miguel Ángel.

Cierto es que esa sentencia de que puedes engañar a unos pocos todo el tiempo o a todos un periodo corto, pero engañar a todos todo el tiempo es imposible, cobra más sentido si cabe en nuestros días con la burbuja de la marca personal, del coaching o incluso de la felicidad. Vaya por delante que amo el concepto de la marca personal, adoro las técnicas del verdadero coaching y por supuesto que la felicidad entendida desde la actitud positiva es mi foco y objetivo. Sin embargo, cuando intentamos que la firma, ya sea en un caso o en el otro, esté por encima del producto, lo que estamos haciendo es una carrera de Egos que arrastran la mediocridad del producto. Fuegos artificiales. O espejitos, como aquellos con los que engañaban a los nativos americanos los colonizadores. Sencillamente espejitos.

La marca, nunca puede comenzar desde la furia o el ego, como le pasó a Miguel Ángel que hizo una herida en una obra perfecta sólo para marcar su autoría. Nunca puede estar basado en fuegos de artificio o espejitos como hicimos ya en la antigüedad para engañar a unos y otros. Engañarás a todos durante un tiempo, porque eso de que a muchos les podrás engañar siempre... Ya no. Gracias a las redes sociales ya no.

Siéntete tan orgulloso de tu producto que al poner tu firma en él, se te dibuje una sonrisa en la cara.

Sé un artesano que trabaja con sus manos y con su corazón. Que observa el gran bloque que significa su producto, elimina lo que le sobra, como hizo Miguel Ángel al crear La Piedad en una única pieza y agiliza su producto para que tenga sincronía, armonía y equilibrio. Crea algo perfecto, único, con el foco en aquello que deseas difuminado el músculo de tu estructura y humaniza tu obra. Llena de pasión y de orgullo el conjunto para crear algo memorable.

La perfección no llegará por la furia, por el ego, por los espejitos... La perfección llegará porque el valor de tu gran trabajo como artesano, despertará el deseo de poseer tu obra.

Llegados a este punto ¿Por qué nos cuesta tanto vendernos entonces? Porque sencillamente no entendemos que lo que hay que vender es el producto y no a nosotros. Nosotros somos los canalizadores de resultados. La catarsis necesaria. El cincel que eliminará los excesos... Pero no la obra en sí misma. Y es en ese momento, cuando creemos que vendemos nuestra alma, en el que nuestros complejos salen a flote. "No puedo competir con X porque sale en la tele" o "no estoy al nivel de Y porque tiene el respaldo de no se qué compañía" o "le conoce todo el mundo" No te equivoques, son tus complejos los que se justifican porque sabes que tu producto no es tan bueno.

El producto es, al fin y al cabo, la conjunción de lo que ofreces, sumado a la actitud que tú proyectas y al valor que te den como profesional al venderlo.

Sí, ya sé que evidentemente hay a quienes el reconocimiento social masivo les va a facilitar que su producto obtenga una sobrevaloración general. Sin embargo no te equivoques, ya nadie se acuerda de las hazañas como hosteleros de la mayoría de los concursantes de gran hermano que abrieron discotecas o restaurantes tras su paso televisivo. Ya nadie se acuerda del intento de convertirse en escritora de éxito de una de las presentadoras más influyentes del país. Ya nadie se acuerda del intento musical de aquel torero, de las inmobiliarias de aquel contertulio televisivo... Recuerdas las anécdotas que lo rodeaban, pero el producto... no pasará a la historia. No será épico, no marcará un antes y un después. En definitiva... No será algo sobre lo que poner orgulloso la firma. No será algo que nadie quiera poseer.

No te acomplejes ante tus carencias comunicativas, se pueden corregir con ensayo, entrenamiento y determinación.

No te acomplejes frente a la competencia, porque la popularidad sólo les da ventaja, no les garantiza el éxito.

Eso sí, acompléjate si tu producto no te hace sentir orgullo. Si no te hace estremecerte y sonreír cada vez que lo mencionas. Si no dejará un legado más allá de la anécdota, si no superará la mediocridad... No sigas por ese camino de espejitos y fuegos de artificio.

¿El mercado está mal? PAM: Producto + Actitud + Márketing.

¿Hay mucha competencia? PAM: Producto + Actitud + Márketing.

¿No ves alternativa? PAM: Producto + Actitud + Márketing.

PAM, PAM, PAM.

Hay demasiado coach para tan poco coaching. Demasiado feliz para tan poca actitud positiva. Demasiada marca para tan poca huella. Demasiado cincel en obras mediocres. Demasiado espejito... Pero Piedad... sólo hay una. Una en la que la única pega, la única herida, es precisamente la muestra de ego enfurecido como reclamo de autoría. Haz que tu producto merezca la pena. Haz que tu orgullo crezca cuando te hablen de los resultados de tu trabajo. Haz que tu producto pierda sus complejos. De ese modo, cuando el nombre desaparezca, cuando la autoría no importe, será el momento en el que sabrás que tu producto era válido. Era necesario. Era digna de tu marca. Era... lo que todos querían poseer.