La igualdad desnuda

Parece que es entonar una sentencia políticamente incorrecta decir, a día de hoy,que los hombres y las mujeres no son iguales. Políticas sociales y culturales intentan equiparar ambos sexos e implementar medidasque ayuden a la homogeneización por género, proyectando el posicionamiento y empoderamiento femenino, discriminando incluso en algunas ocasiones, al sexo masculino.

Enarbolaré entonces dicha bandera y dejaré clara la idea, por muy aspera o conflictiva que parezca; los hombres y las mujeres no son iguales y no lo han sido nunca.

Pero no son iguales por que exista una conciencia de desigualdad histórica entre los roles masculino y femenino, que perjudica claramente a la mujer.

Este hecho siempre propició que los roles de poder y jerarquía los poseyera el hombre y a él se le otorgara la autoridad económica para disfrutar de la oferta de ocio y cultural tradicional, desde el teatro griego al circo romano, desde la figura recolectora y familiar, hasta el derecho de sufragio. La mujer siempre ha estado marcada y a expensas de las decisiones masculinas.

Mientras el rol masculino decidía y disfrutaba de sus decisiones, el femenino acataba y sufría, en la mayoría de las ocasiones, las restricciones impuestas.

Los hombres y las mujeres no son iguales y no lo han sido nunca.

No diré que no son iguales por haber sido representadas en la iconografía pictórica de una manera diferente.

Desde la antigüedad hasta hace apenas unos años, la figura del hombre siempre ha sido representada con el deseo de poder o la autoridad misma, exponiendo escenas de sus conquistas o sus pertenencias, ya sean materiales o jerárquicas. La figura de la mujer en cambio, siempre se ha plasmado como fuente de inspiración o de deseo sexual.

Sin embargo, una diferencia básica diferencia ambas representaciones de deseo. Mientras el hombre es el responsable de su meta o deseo, la mujer es un vehículo para que el hombre alcance su meta o deseo.

Las mitologías clásicas ya lo reflejaban cuando las diosas ocupaban poderes menores o cuando Zeus ordenó a Hefesto crear la figura de Pandora y enviarla a la tierra como portadora de todos los males. Incluso en los relatos míticos, las mujeres servían para inspirar o dotar de belleza o inteligencia a los hombres, mientras que los dioses masculinos se valían por si mismos para alcanzar la gloria.

Esta tendencia se ha seguido reflejando en la producción pictórica durante siglos. Proyectando y generando una visión propia a las mujeres, que poco a poco se convertían en personas no dueñas de su destino, apariencia o deseo, si no propiedad de quienes las poseyeran.

Así, en la Venus de Urbino, Tiziano muestra a una bella joven que reposa sosteniendo en una mano un ramo de flores como símbolo de la frescura y la belleza. Con la otra mano, se cubre sugerente el pubis mientras sostiene una mirada dispuesta al espectador. Poco importa la escena trasera en la que dos jóvenes buscan sus ropajes, o el gran trabajo que realiza el maestro con la perspectiva de las baldosas del suelo. Sólo hay un elemento importante, la entrega y predisposición de la joven.

Y así eran reflejadas. Desnudas, sumisas, mirando al dueño del cuadro como si del suyo propio se tratase. Sin otra meta u objetivo que el complacer sexualmente a quien contemplaba la obra, demostrar que es éste el creador de su destino y ellas simplemente un vehículo hacia sus deseos. Imprimiendo una sumisión que refleje en su desnudez, el poder de quien se puede permitir mirar con su cuerpo vestido.

Incluso intentando desviar la atención con elementos vanidosos como los espejos, con los que se conseguía que al contemplar una obra con una mujer desnuda, el apego negativo del concepto del voyeur, quedara reducido al mínimo tras mostrar que era la mujer la que se quería mostrar desnuda frente a un espejo. Es la mujer quien quiere ser vista y el hombre, tradicionalmente consumidor y mecenas del arte, sólo un juguete en manos de la sugestión femenina.

La visión social de la vanidad femenina conlleva a generar en las mujeres una verdad absoluta que ha trascendido a comportamientos, razas y civilizaciones. La mujer actúa, se viste y sigue un patrón de comportamiento esperando el feedback del otro, la aprobación del otro, la aceptación del otro.

La vanidad femenina se basa en el placer de ésta por ser mirada, disfrutada, deseada...

Concepto reflejado en el arte con obras como la pintura Desnudo femenino ante el espejo de Toulouse Lautrec en la que posiblemente se retrata a una prostituta enfrentándose al espejo. La manzana de la sociedad decimonónica retratada como objeto de deseo mientras viste y ensalza su figura para ser más atractiva y deseada.

Los hombres y las mujeres no son iguales y no lo han sido nunca.

Pero tampoco diré que no son iguales por el tratamiento del desnudo y la sexualidad en la obra artística.

Es evidente que el desnudo del hombre es escaso en el arte y que cuando se produce es para resaltar su poder o en representación de divinidades masculinas, con la salvedad de los estudios de anatomía de Leonardo da Vinci.

Un ejemplo claro de esto es la famosa obra de Diego de Velázquez, donde Apolo se acerca a la fragua de Vulcano para contarle la infidelidad de su esposa, Venus, con Marte. Los cuerpos, poderosos, divinos y cargados de sorpresa e ira se petrifican al escuchar la noticia de la traición, como siempre femenina.

El tratamiento diferenciado y ejemplificador del cuerpo femenino es constatable en toda la iconografía artística. La mujer ha sido y seguirá siendo un objeto de deseo. Un reclamo a obtener y un elemento a poseer.

En las representaciones de los desnudos pictóricos, las mujeres siempre se mostrarán dispuestas con el espectador, mientras que los hombres se integran en la escena, así se suele encontrar cierta disonancia entre los cuerpos y rara vez existe una sincronía. Al menos en occidente, donde mientras obras como Diana y sus ninfas de Jacob Van Loo o las ilustraciones eróticas de Thomas Rowlandson, son un claro referente, en otras civilizaciones orientales, se puede disfrutar de una escena conjunta como pareja, como el archiconocido Kamasutra, o las imágenes de la Escena del rollo de Beigin de la Dinastia Qing.

Los hombres y las mujeres no son iguales y no lo han sido nunca.

Esta afirmación no se debe sostener nunca más por todos los anteriores datos, reflejos de una sociedad machista y en la que el hombre ha dominado las leyes y gestiones relativas a la ciudadanía.

Esta afirmación se debe sostener desde hoy y para siempre en la singularidad de géneros. En sus diferencias fisiológicas, emocionales y de comportamiento basadas en la genética e incluso en las tradiciones culturales y sociales.

Sólo alguien sin formación o información podría entonces defender que el hombre y la mujer son iguales, y no debemos pretenderlo.

Al igual que desde los últimos años del siglo XX, desde la introducción masiva de la mujer en la vida laboral, económica y política, la sociedad ha vivido un interesante cambio y en la obra pictórica y publicitaria se ha despojado al hombre de sus ropajes y de su halo eterno de poder y se ha acercado a la imagen de vehículo para que las nuevas consumidoras alcanzasen sus deseos, la mentalidad y el tratamiento político y social, debe seguir avanzando.

Pero no porque ambos géneros sean iguales, si no porque ambos sexos se merecen las mismas esperanzas, derechos y oportunidades.

Porque sólo la igualdad de esperanzas nos brindará la libertad, sólo la igualdad de derechos nos ofrecerá la justicia y únicamente la igualdad de oportunidades nos generará la riqueza que todos y todas merecemos.

Salgamos de los cuadros de Rubens, Lely o Bouguerau. Seamos lienzos libres para dibujar una nueva iconografía en la que hombres y mujeres luches juntos, con sus diferencias por un objetivo común, ser artífices de su destino, de su grandeza y de su felicidad.