El coach que mató al coaching

El coaching ha muerto. En serio. Lo sé. He mirado a los ojos a cientos de personas que me han asegurado con sus inquietantes propósitos y sus discutibles pasados que lo eran. He compartido mesas, conferencias y formaciones con decenas de supuestos coaches que aseguraban llevar desarrollando sus artes años y sólo una leve mirada a sus linkedin o su rastro digital comprobar que ese es sólo el apellido que ahora les conviene. He saboreado el hedor mas indescriptible cuando algunas personas bajo ese paseudónimo se ganan la vida aconsejando sobre lo que no saben, opinando sobre lo que no deberían y afirmando cosas de las que no están convencidos y sin ninguna garantía práctica que les avale. Es sólo eso, su palabra. O más bien la palabrería. Como la de llamarse coach. Así que si esperas que hable bien de ti en este artículo y que haga la diferencia entre coaches buenos y malos, lo siento, esto no va a ir así. Ser coach a día de hoy es una pérdida de tiempo a no ser que se quiera estar muerto.

Vaya por delante una realidad: El coaching cambió mi vida. Hace apenas ocho años no era ni una sombra de lo que ahora puedo llegar a ser. Ni era tan resolutivo, ni era tan eficiente, ni mucho menos era alguien con una visión clara. Mi familia y amigos pueden dar buena cuenta de ello. Así que sí, el coaching para mí es un conjunto de herramientas que pueden conseguir que hasta el más torpe y necio, se convierta en alguien admirable y admirado. Lo sé en primera persona. El coaching es la ciencia transformadora que desarrolla a las personas como ninguna otra disciplina que yo haya conocido.

Pero este pequeño artículo no habla sobre la validez o no del coaching. Habla sobre ti, pequeño ser mediocre que esperabas apuntarte a esta moda y con ello ganarte un plato de garbanzos. Habla de ti, bastardo profesional sin pasado reconocido que has pretendido refugiarte en el paraguas de lo que unos pocos profesionales estaban consiguiendo para intentar ganar un poco de notoriedad. Habla de ti, miembro de una asociación más preocupada por recaudar dinero y gestionar a los clientes entrantes entre sus directivos que en crear una buena praxis, un código deontológico y una opinión firme y respetable. Y habla de ti, aunque ahora sonrías creyendo que has hecho lo correcto, porque tú amigo coach, tú estás muerto.

Hace ahora ocho años que yo tuve el privilegio de embarcarme en una aventura maravillosa; estudiar el segundo Máster en Coaching ejecutivo y empresarial que se realizaba en este país. prácticamente no había antecedentes y los coach eran una rara avis que, o bien se habían formado en el extranjero, o intentaban tejer su destino como podían a base de fusionar disciplinas y adquirir conocimientos de libros, cursos y conferencias. Era una época en la que ni mis profesores del máster se presentaban como coaches, salvo alguna excepción, sino como profesionales que aportaban su visión desde otra disciplina. Basta con un ligero recuerdo a aquella época para poner en su lugar a la mayoría de quienes hoy certifican que llevan más de diez años dedicándose al coaching en este país. Pero ellos no son los asesinos. Han podido contribuir con su falta de visión a no crear una asociación fuerte, sino separarse en cuatro con constantes pulsos por la hegemonía. La mayoría sigue creyendo a día de hoy que tienen razón y la mayoría por desgracia han llevado el coaching hasta un nivel de pureza que, en su afán de no dar nunca soluciones, siguen sin dar una real a los problemas que su propia profesión y profesionalidad requiere en nuestros días.

Hace más de tres años que dejé de autodenominarme coach y recuerdo perfectamente por qué lo hice. Estaba en "Del Diego", una de las mejores coctelerías de Madrid cuando a una reunión de amigos y profesionales se añadieron dos personas; la primera venía con la excelente noticia de que "ya era coach" pues había realizado un curso de un fin de semana en el que les habían ganarantizado (bajo el sello aprobatorio de una gran asociación de coaching) que ya podían comenzar a ejercer como coaches personales. Eso sí, no sin antes animarles a seguir "profesionalizandose" y a seguir pasando por caja. Todos estaríamos de acuerdo que no se puede comparar el trabajo de una fisioterapeuta con el de una masajista. Y eso era lo que estaba comenzando a pasar. Sin embargo lo duro llegó apenas unos minutos después, cuando la respuesta de la segunda persona fue «¡Qué casualidad, yo ahora también soy coach!» mientras sacaba unas tarjetas del bolsillo y nos las mostraba. Excato, allí lo ponía con una tipografía perfectamente elegida; "personal coach". Sin animo de ofender pregunté sobre sus campos o enfoques y al responderme que «antes era entrenador personal en el gimnasio, pero desde que me llamo coach tengo mayor aceptación y me pagan más». Estaba ante la conjura para asesinar al coaching y no quise estar presente cuando eso sucediera.

Desde ese instante puse mi experiencia en el coaching empresarial y político, mi conocimiento como emprendedor de más de diez años y mi MBA, el máster en psicología y el propio máster en coaching en crear y evolucionar un nuevo concepto; La motivación de equipos. Y así, poco a poco me volví a abrir caminos que me han llevado a Adecco, Repsol, Telefónica, IKEA o Johnson&Johson entre otros. Pero no creo que te interese que hable de mí... sino del qué, el por qué y sobre todo de quién es el responsable de matar a tan digna disciplina.

Vayamos por partes, ¿realmente el coaching está muerto? Bien. En mi opinión sí, pese a que muchas empresas, profesionales e inclsuo clientes, aun no se hayan enterado. Es algo similar a cuando la banca hipotecaria y los inmobiliarios gozaban de su mejor salud en 2010 y realmente llevaban ya años muertos. No lo sabían, pero lo estaban. Y los indicadores son claros; en un país en el que la experiencia en empresa y en autoempresa de los coaches corporativos no es superior a cinco años, en el que exiten más coaches formando a otros coaches que con clientes reales ejerciendo el coaching, un país en el que la formación media de un coach apenas supera los seis meses, o en el que las asociaciones de coaches, que se autoproclaman certificadoras de la calidad, no son capaces de emitir un juicio conjunto ante los desmanes populares o televisivos de aquellos que intentan mancillar, con cualquier pseudónimo, la labor del coach, allí reina ya la muerte. Pero si existe un indicador claro es cuando en las últimas reuniones a las que asisto con empresarios o CEOs, de los cuales la mayoría desconocen que yo una vez fui coach, critican, desaprueban e incluso se mofan sobre la burbuja del coaching. Eso sí que es grave.

¿Por qué murió el coaching? Poco preveían Sócrates y su mayéutica, Huxley y Rogers y su psicología cogniscitiva, Maslow y su pirámide, o los impulsores del coaching moderno Flaherty, Skiffington, Zeus, Cubeiro e incluso los mismísimos Dilts, Alexander o Whitemore y su método GROW, que todas esas herramientas capaces de crear vida en el interior de una persona, se transformarían en papel mojado en manos de filisteos que sólo buscaban un título con el que comerciar. Antiguos consultores de medio pelo que convertían su experiencia anterior en años de coaching acreditado, aprendices de psicólogos que no fueron capaces de acabar la carrera pero siguen creyendo tener un don para la escucha y la ayuda, e incluso psicólogo clínicos que por doblar el precio de sus tarifas se dejaban llevar por la moda del coaching e igualaban sus años universitarios a los apenas meses de formación de cualquiera bajo el nombre del coaching. Asesores de cualquier materia que, en vez de formarse, escogieron un cambio estético en sus tarjetas, consejeros de profesión o de vocación que vieron en denominarse "coach" una buena fórmula para que se les escuchase, y por supuesto, cotillas profesionales, terapeutas y todólogos que creen que alguien les otorgaría un poco más de relevancia bajo ese concepto. En un lugar donde todo el mundo es coach, nadie lo es. Así que sí, llegados a este punto es fácil aseverar que el coaching ha muerto y que lo ha matado todo aquel que se hace llamar coach. Da igual su valía. Su profesionalidad. Su expertise. Si eres coach, eres también culpable de este cruel, cobarde y despiadado asesinato. Porque bien si eres de "los buenos" por permitir que esto sucediese, o bien si eres de "los malos" por ser un parásito deseoso de saciar a toda costa tu sed, nadie ha sabido, podido o querido parar esta sangría.

Hoy leerás estas líneas y seguramente me criticarás. Quizá incluso las leerás con incredulidad. O puede que quizá te enfurezcan porque alguien está destapando la roca en la que te estás escondiendo, como el insecto que eres. No te enfades. Alguien tenía que decirlo y esa persona que lo debía decir, requería hacerlo desde el conocimiento de quien lleva casi una década utilizando las herramientas del coaching para mejorar la vida de cientos de personas y de decenas de empresas en más de diez países diferentes. Alguien que modificó su vida y aprendió a desarrollar la de quienes tenía alrededor gracias al coaching poniendo a prueba todo su conocimiento y creando incluso sus propias herramientas para el disfrute de otros profesionales. Alguien que hubiese escrito libros sobre coaching y su aplicación en el mundo personal y profesional. No te enfades porque al matar al coaching, también me estás matando un poco a mí. Aunque yo no sea ya coach. O al menos, aunque ya no me venda como tal.

Y sí, es lógico que a mi perfil motivador, ilusionante, enérgico y optimista le gustaría acabar este artículo diciendo que hay esperanza, que otro camino es posible o incluso que este es sólo un tirón de orejas para que reflexionemos sobre lo que hemos conseguido con nuestras acciones. Me encantaría. De hecho, antes de publicar este artículo me he pasado dos semanas intentando encontrar un camino, una cura, un hechizo que consiga voltear la situación y revivir al muerto. Pero siendo realistas. No lo he encontrado. Pido perdón por adelantado.

Sólo si toda aquella persona que sabe que no está preparada o formada como coach dejase de utilizar dicho término, si las asociaciones se uniesen para desde un criterio unificado, expedir licencias autorizadas, o incluso si el colegio de psicólogos (o cualquier otro) se hiciese cargo de este despropósito, si la buena praxis reinara, un código deontológico se respetase y es más, si se consiguiera que el cliente diese validez al coach por sus verdaderos méritos profesionales anteriores con contactos reales y no por el coste de sus servicios, lo bien que se venda alguien en la red, o lo cercanos que parezcan (o sean), sólo así podríamos revivir al muerto. Una tarea titánica. Una tarea que requiere de muchas manos y con poca remuneración a corto plazo. Justo todo lo contrario de lo que buscan las miles de ratas que infestan este barco. La primera vez en la historia que se hundirán sin haber escapado primero.

Descanse en Paz el coaching y encuentren al asesino. Lo tienes seguramente cerca de ti. En ese mail que te han mandado, en ese Whatsapp reciente, en esas palabras que te dijeron el otro día. Encuentra al asesino y compadécete de él. Es sólo un fantasma que no sabe que su vida profesional acabó cuando decidió unirse al lado oscuro del coaching. Es decir, el de utilizar el término de coach como refugio de cualquier otra cosa. Como insectos. Como ratas. Como ladrones... Compadécete de ellos porque si todo va bien a ti, como a mí, no nos podrán hacer daño. Por que ya no somos coaches. Y porque por encima de todo, seguiremos utilizando las herramientas del coaching para crear, desarrollar, motivar, sembrar, estimular, vigorizar a las personas. Porque seguiremos utilizando las técnicas del coaching, y no su nombre, para seguir forjando líderes, uniendo equipos, potenciando a personas. Y lo haremos porque sabemos, porque podemos y porque queremos. Pero sobre todo lo haremos porque nosotros no nos quedamos en un nombre para ganar dinero. Y si tú sí lo hiciste... Te acompaño en el sentimiento amigo.

El coahcing está muerto, pero tú... También.