Hedonismo empresarial de Dorian Gray

Se entiende por hedonismo a la doctrina ética según la cual el único bien es el placer y el único mal el dolor. En consecuencia, sitúa en el placer la felicidad humana. El hedonismo no consiste en afirmar que el placer es un bien, ya que dicha afirmación ha sido admitida por otras muchas doctrinas éticas muy alejadas del hedonismo, sino en considerar que el placer es el único y supremo bien. El término hedonismo puede tomarse en dos sentidos, lato y estricto. En el primero, hedonismo sería una teoría ética de gran amplitud en la que la palabra placer tendría un significado muy extenso, abarcando tanto el placer como la utilidad; en este sentido se encuadraría dentro del hedonismo el utilitarismo. En un sentido más restringido, el hedonismo se diferencia del utilitarismo, fundamentalmente, porque el primero cifra el bien en el placer individual, mientras que el segundo afirma como bien sumo el placer, el bienestar y la utilidad sociales; el hedonismo tiene carácter individualista, el utilitarismo es de índole socialista (en el sentido etimológico de la palabra). Dentro del hedonismo en sentido estricto se pueden distinguir dos formas del mismo, de acuerdo con los dos significados que tiene el término placer. Éste designa, ya el placer sensible o inferior, ya el placer espiritual o superior. En consecuencia, habrá dos formas de hedonismo, llamadas hedonismo absoluto y hedonismo mitigado, o eudemonismo.

Si en la literatura universal existe un personaje que sirva de análisis crítico al hedonismo, ese es el retratado Dorian Gray, ahora llevada al cine con gran fidelidad a la obra, aunque con algunas licencias algo valientes. La historia cuenta la vida de un joven llamado Dorian Gray, retratado por el artista Basil Hallward, quien queda enormemente impresionado por la belleza física de Dorian y comienza a encapricharse con él, creyendo que esta belleza es la responsable de la nueva forma de su arte. Charlando en el jardín de Basil, Dorian conoce a Lord Henry Wotton, un amigo de Basil, y empieza a cautivarse por la visión del mundo de Lord Henry. Exponiendo un nuevo tipo de hedonismo, Lord Henry indica que “lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos”. Al darse cuenta de que un día su belleza se desvanecerá, Dorian desea tener siempre la edad de cuando le pintó en el cuadro Basil. El deseo de Dorian se cumple, mientras él mantiene para siempre la misma apariencia del cuadro, la figura en él retratada envejece por él. Su búsqueda del placer lo lleva a una serie de actos de libertinaje y perversión; pero, el retrato sirve como un recordatorio de los efectos de cada uno de los actos cometidos sobre su alma, con cada pecado siendo expuesto como una desfiguración de su rostro o a través de un signo de envejecimiento. Aunque en la pelicula protagonizada por Ben Barnes, el puede ver las veces que quiera el retrato, y solo envejece si el lo destruye, en la novela, el enfrentamiento de Dorian a las consecuencias de su retrato conllevará su fin.

Debo reconocer que para un amante de los placeres como soy yo, la obra y ahora película, me parece excesivamente moralista. Castiga a los que viven e investigan sus placeres y les gira los acontecimientos como sentencias de compensación divina. A uno desfigurándole el rostro y el alma, y al otro, al castigo de ser objeto de sus propios pensamientos. Sin embargo, la esencia de la historia me sirve para provocar una gran reflexión sobre las organizaciones y el hedonismo latente.

Durante años, los profesionales y las organizaciones hemos volcado nuestras acciones hacia un hedonismo exacerbado, disfrutando de los placeres de un mercado boyante en el que se podía conseguir prácticamente todo lo que nos proponíamos. He conocido a personas que en esos años utilizaban prácticas poco éticas y nada profesionales en sus métodos internos y externos y sin embargo, sobrevivían y acumulaban riquezas, placeres y buenos momentos.

Pero nadie era consciente de lo que estaba pasando realmente. Ni los economistas que ahora intentan darnos lecciones, ni los políticos, ni los responsables de los organismos financieros. Nadie supo o quiso ver, que mientras que la sociedad practicaba ese hedonismo de Dorian Gray, nuestro alma o retrato se iba deteriorando, deformando y agrietando. Nadie se atrevió a levantar la sábana que lo tapaba para ver las consecuencias de nuestras acciones. Al fin y al cabo, había tanto que disfrutar…

Ahora la verdad nos ha capturado, por un giro del destino, ha sido nuestro propio retrato el que nos ha alcanzado y quien ha revelado las verdades y cicatrices de aquellos abusos. Hemos sido Dorian Gray y nuestro retrato nos ha acabado descubriendo y enseñando que todo tiene una consecuencia… Y ahora no podemos mirar hacia otro lado.

Y la reflexión o pregunta que debemos hacernos es ¿Acaso podemos ser éticos si no existen las consecuencias negativas? ¿Dónde quedan los valores organizacionales y personales cuando no existe un castigo por nuestras malas acciones? ¿Hemos aprendido la lección y vamos a construir un nuevo retrato o sencillamente vamos a restaurar el que tenemos para volver a disfrutar cuanto antes de los placeres perdidos? Es evidente que nuestro deseo de ser eternamente joven y gozar los placeres, ya nos han pasado factura, pero también lo es que hemos sido capaces ya en otras épocas de mirar a otro lado y huir de nuestro retrato.

Las organizaciones y las personas deberían poder mirarse al retrato de sus consecuencias frente a frente con libertad y tranquilidad. Sin embargo, eso jamás será posible si no lo realizamos forjando nuestras acciones en unos límites y valores claros. Al igual que Epicuro, introducía en el hedonismo una serie de variables o condicionantes, el Hedonismo se enmarcaba en una serie de verdades:

1.- Todos los seres humanos hemos nacido con la posibilidad de experimentar placer.

2.- El placer no es bueno, ni malo, simplemente existe.

3.- Lo bueno o lo malo del placer reside en cómo se busca y hasta dónde llega.

4.- Todos los extremos son inconvenientes, el exceso de placer se convierte en vicio.

5.- El placer no es solamente la gratificación sensual o sexual como piensan la mayoría de las personas.

6.- Hay placeres tan simples y deliciosos como comerse un pedazo de tarta, o mirar la última alineación planetaria.

7.- Existen placeres que a la postre traen infelicidad, insatisfacción o contratiempos, por ejemplo la popularidad o la fama.

8.- El mayor placer para el género humano debe girar entorno del servicio de los demás.

9.- Si aprendemos a distinguir verdaderamente lo que es placer, podremos vivir muchos momentos de felicidad.

10.- Hay que huir de los placeres innecesarios, pues el resultado obtenido es efímero y las consecuencias desagradables.

Si los hedonistas clásicos lo tenían claro, ¿no podremos hoy establecer algunos límites morales o de valor en nuestras organizaciones y desarrollos profesionales?

El retrato de Dorian Gray, del que se cumplen 120 años de existencia, es un reflejo de la situación que hemos vivido, de las personas que deciden llevar el placer al límite y de quienes están volcados en cuidar su imagen externa, sin desarrollar su ética y valores. Las organizaciones deben forjarse en acciones respetuosas y en el cuidado de su entorno, ya sea humano, organizacional o medioambiental. Los hedonistas deben (o debemos) comprender que las acciones llevan consecuencias y que todo lo que hacemos dejan cicatrices emocionales en quienes nos toleran, soportan e incluso disfrutan, deben (o debemos) saber establecer límites a nuestra búsqueda de sensaciones y sobre todo, deben (o debemos) buscar el equilibrio de nuestras intenciones y placeres. Nuestro retrato está ya pintado y espera nuestra decisión. En nuestra mano está poder mirarlo frente a frente y seguir admirando lo bellos que somos.

Compartelo
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • RSS

Leave a Reply