ZAWA

Wolf_WomanQuizá crea que el estar leyendo esta historia, puede hacerle más grande. Quizá piense que si baila con estas palabras, alcanzará una placentera sensación de bienestar.

No se confunda. Ésta no es una narración sencilla. Incluso a mí, que la he contado ya muchas veces, se me eriza el bello de mi brazo izquierdo cuando la narro.

No hace muchos años que el viento cuenta esta asombrosa historia, pero somos pocos los que aquel día vivimos algo que nadie podrá olvidar nunca y que sabemos que es tan cierto, como que las escamas de los peces voladores de Bail-Bag se tornan de color violáceo, cuando saltan al atardecer, para despedir al sol.

Todo ocurrió allí, en las costas suaves y orientales de Salij, a los pies de la montaña de la inquietud. En el mismo momento que nuestra protagonista, Zawa, suspiraba por tercera vez mientras recortaba un tulipán purpúreo, cuando el cambio comenzó…

Observando aquella flor perfecta, surgida de la creación mas pura y pidiendo perdón en un gesto desesperado, la estrujó fuertemente entre las manos hasta que la savia tibia se mezcló entre los pétalos y restregó la mezcla por su piel intentando borrar el rastro de su olor.

Hacia meses que una promesa había llevado a Zawa a recorrer los montes del lamento, en busca del lago de la pasión. Pero en esa promesa se encerraba un peligro que Zawa no alcanzaba a comprender: “búscame a través de los campos del recuerdo, y en mí encontrarás la sangre del tiempo” escuchó Zawa decir a la vieja estatua que coronaba la fuente del vacío mientras notaba como sus piernas se comenzaban a unir con el rocoso suelo.

Es por todos los cantos rodados del desfiladero conocido que Zawa no siempre se detenía ante las dificultades de su existencia. Ella, que había sido capaz de vencer al gigante de la laguna roja del conformismo o que se había enfrentado al tirano corsario de la indiferencia, estaba ahora paralizada.

Esa sangre del tiempo que hacía palidecer la suya propia. Esos campos del recuerdo que ahondaban oradando su memoria, cual gota continua sobre el lecho de caliza. Ese terrible sentimiento que bloqueaba su voluntad y que ya había conseguido que sus pies se comenzasen a transformar en piedra mientras su largo cabello rojo se asomaba al enorme acantilado.

Cruel era su memoria que no le dejaba recordar cuando comenzó su huida.

Sólo rememoraba aquel gélido aliento. Y el destello de la contracción de aquel enorme cuerpo cuando por primera vez la olió… nunca un ser le había causado tanto temor, pero ya le advirtió el sabio del árbol guardián “¿cuánta luz están tus ojos dispuestos a ver, sabiendo la oscuridad que vendrá detrás?

La joven Zawa lo había dejado todo, su hogar, su vida y su cuerpo, en busca de una certeza.  Esperando encontrar consuelo en ella. Pero cuanta más belleza observaba, las huellas de aquella terrible bestia más se acercaban.

Su cuerpo había corrido lunas mientras que su pensamiento aun se refugiaba en el calor de aquel dañino ente, la rabia que sentía por no poder disfrutar de aquellos deliciosos instantes consumía su felicidad y su sonrisa. ¿Cuándo ser valiente se había convertido en una maldición? ¿Cuándo liberarte de una tortura había dado paso a este terrible dolor?

Zawa miraba a la estatua de la fuente del vacío y le rogaba una solución. Mientras su cuerpo se seguía consumiendo. Mientras que la respiración de la bestia aun se deslizaba por su piel. Sabía que el tiempo no le daría mucha ventaja y mientras su pétrea transformación alcanzaba sus cansadas rodillas, la joven observó algo inquietante al fondo del acantilado.

Bajo sus pies, que ya se confundían con las rocas de la montaña, observó un pequeño punto. Tan diminuto que casi no se podía alcanzar con la vista.

-       ¡Es allí! – se dijo – ¡El lugar donde todo se une!¡Donde la sangre del tiempo fluye!

Pero los músculos de sus piernas no le respondían, cansados y corroídos por la piedra, quiso moverse y no pudo.

Y ante la impotencia lanzó un grito al cielo, dándose cuenta en ese mismo instante de su error… Todo quedó en silencio mientras un lejano aullido rompió entre las rocas inundando de una gélida incertidumbre cada resquicio de aquella realidad. La bestia la había encontrado y se acercaba velozmente mientras sus jadeos acompañaban a un ensordecedor gemido.

Zawa se quedo inmóvil sabiendo que ya no podía huir más y tenía que enfrentar aquel terrible destino. Descendía de un largo linaje de Guerreras de las sombras y sus madres le habían traspasado el arcaico conocimiento de la batalla contra el sufrimiento. Así que buscando en su interior, trató de buscar la forma de luchar contra aquella bestia a la que ahora podía ver frente a frente.

Sus ojos al fin se encontraron. El fuego de la destrucción ardía en aquellos enormes iris que la enfrentaban ahora pausados, sabiendo que al fin tenían a su presa y dispuestos a disfrutar de aquel terrible momento.

Zawa buscó la fuerza dentro de si para conseguir arrancar sus pies del suelo y enfrentar a la bestia como sus madres habían hecho tiempo atrás, cuando de pronto comprendió. Aquel lejano punto de abismo era su acuático destino. Se hallaba allí frente al lago del deseo que contenía la sangre del tiempo y no podía alcanzarlo porque sus piernas se habían hecho piedra intentando huir del dolor.

Zawa observaba a aquella bestia, dispuesta a devorarla. Alimentada por todo el tiempo que ella le había dado la espalda tratando de huir. Así que mirándola a los ojos se ofreció, dejando de luchar, en aquel mismo instante la bestia avanzó embistiéndola con fuerza y bestia y mujer cayeron por el precipicio.

El viento narrará mientras choca con las ramas, cómo la quimérica bestia intentaba arrebatar la humanidad de la joven. Sin embargo, una humilde estatua no podrá olvidar cómo en las pupilas de Zawa, mientras se fundía en un abrazo con la bestia y ambas caían, se pudo leer la comprensión vivida: “No era la roca la que me retenía, sino la necesidad de no seguir huyendo”

Aquella bestia había resoplado demasiadas veces en su interior. Había destruido demasiados sueños y esperanzas. Había jugueteado en demasiadas ocasiones con la ilusión de una guerrera que sólo quería encontrar el destello verde.

Zawa notó como jirones de piel rocosa se desprendían en su caída. Infló su alma, abrió los ojos y entonces sucedió…

Su cuerpo deshecho, aun entre las fauces de la bestia, en lugar de recibir el impacto de las rocas, se sumergió en un agua tibia. Mientras que justo en ese instante, una luz dorada impregnó todo y el cuerpo de Zawa quedó suspendido en la profundidad de aquel lago.

Dolor y placer se mezclaron. Felicidad y tristeza se unieron en una vibración tan intensa que lo traspasó todo, fundiendo el cuero de la bestia con la piel de la joven zawa en el placer de la creación. Disolviendo sus cuerpos en luz,  hasta que un halo cubrió todo aquel acantilado.

Cubriendo los montes de la inquietud y los campos del lamento…

Llegando a la estatua de piedra, que sonrió diciendo:

“ Búscame a través de los campos del recuerdo, y en mí encontraras la sangre del tiempo”

Rubén Turienzo y Zoe Anwar

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